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París, 28 de junio de 2009.

julio 23, 2009

“La vida continúa siempre igual,

adentro y afuera,

y este silencio es una verdad.”

Querido Lisandro:

Hace rato ya que ninguno de los dos sabe qué escribir. Ni una fatigada línea irresponsable en meses. Ni una sola. Ésa es la pringosa realidad en donde chapaleamos como marmotas o mamotretos. Tal vez nos ha llegado la hora de admitir que ni siquiera somos futuras promesas de un Parnaso remoto. Seguimos, eso sí, garabateando desaciertos en libretas que no hacen más que acumularse, así como se acumulan los años, las frustraciones y los rencores. Ni más ni menos. Tendrán el reconocimiento del polvo o de los gusanos. Qué más da. Mientras tanto, el mismo ronroneo lerdo de los días, esperando algún tipo de acontecimiento contundente, alguna sacudida bestial que remueva los cimientos de la abulia que con tanta paciencia hemos cosechado. Una sacudida o golpe similar al que produce un cuerpo si se deja caer desde un séptimo piso en plena acera.

Y sí, Lisandro, mis días también mueren pero con la noche retardada del verano europeo. Es una especie de “delay” que se convierte en letargo y me va carcomiendo los nervios y la paciencia. Otra no queda. El calor infeliz y abrasivo babea las calles. Se siente como un invasor en esta minúscula habitación de residencia estudiantil, en mi cuerpo, en todo. Un aleph odioso e infernal que se repite una y otra vez. Vaya uno a saber por qué me resulta mucho más insufrible por estas latitudes. Como si de repente esto fuera una eterna siesta en el Trópico. Una siesta de la cual no quiero despertarme ni por error. A veces siento que soy la única pieza de este engranaje que rechina y gira en falso, mientras acá todos siguen, felices, a sus anchas, nadando en su estúpido mar de conformismo y gratitud. Vine buscando la paz de lo predecible -no lo niego- y después de unos cuantos meses (cuatro o seis, poco importa) comprendo que no estoy hecha para tanta puntualidad de relojería suiza. Errores y obstáculos que no tenía previsto encontrar: hay muchas cosas a las que me cuesta acostumbrarme. Acá, por citarte un ejemplo, se les enseña a leer a los pájaros, para que el día de mañana aprendan que está prohibido volar.  Así de rotundo.

Y ya estoy cansada de culparlos. Sé que a esta altura del partido, me resultaría mucho más cómodo enristrar uno que otro agravio contra esta nación de inanes. Al principio logran fascinarte, pero luego terminan por generar la peor de las repulsiones. Y así estoy, entre el ácido repugnante que despiden sus cuerpos y la vida empalagosamente impecable de este París del siglo XXI. Lamentablemente no soy la Hepburn, y menos aún, estoy en una película de Billy Wilder. No he venido a esta ciudad para distinguir la clara de la yema y terminar haciendo los mejores crême brûlée de la historia del cine.

Para serte completamente sincera, empiezo a tener várices, papada, patas de gallo y sarro en los dientes. Sigo fumando dos paquetes de cigarrillos por día y no veo motivos para abandonar semejante costumbre. Estoy harta de los consejos que buscan prolongarte la vida cuando hace tiempo que ha dejado de tener sentido. No sonrío mucho y por si fuera poco no me preocupo por inventarme motivos para hacerlo. Evito con precisión prusiana mirarme en los espejos o en cualquier reflejo impertinente. A veces camino por París pensando que me encuentro en otra ciudad desconocida y al darme cuenta del engaño me pregunto por los inexistentes motivos para volver. Porque aunque me dé pudor admitirlo, al menos acá tengo la seguridad del reconocimiento académico. O mejor dicho, sé que acá puedo vivir bien sólo de mi trabajo en la universidad. Poco importa que me haya convertido en una prolífica inventora de temas insustanciales, que haya aprendido a presentar dos o tres papers por semestre para salvar las papas de esta beca que paga la renta, mi comida, uno que otro lujo y auspicia después de todo la vida de pantufla que llevo en esta inmunda covacha parisina.

Ayer estuve leyendo los diarios. Cada tanto vuelvo a caer en el vicio de saborear la prosa minimalista del sentido común que manejan los periodistas europeos. Obviamente, ni acá ni allá, una idea relevante. Creo que un botarate de nuestra nación que juega al balón pie anda de paseos y jolgorio por la tierra del tierno ratón miguelito. Creo que un primer ministro rancio y picaflor fue hallado con una ramera de cierto lujo en su mansión. Creo que Leonard Cohen ha vuelto a los escenarios. Creo que las profecías de Notradamus tal vez se cumplan. Creo, nada más, porque cualquier certeza resulta al fin y al cabo un engaño supino.

Generalmente, los domingos a la mañana, suelo desayunar en la rue Saint – Sulpice, que une la zona del Barrio Latino con la Iglesia de Saint-Sulpice, en la plaza del mismo nombre, en la zona univsersitaria de Saint-Germain, al lado del palacio de Luxemburgo. La mayoría de las veces, en compañia de la entrañable Madame Châtelet, una de las pocas amigas que he sabido hacerme en estos parajes. Una mujer madura, educada, comprensiva, que escucha con atención mis quejas y maldiciones. Una desamparada del primer mundo que carga con un pasado tan ficcional y berreta como el de cualquiera.

A veces, pasamos la mañana dialogando sobre trivialidades: la prosa alambicada de Raymond Radiguet, las diversas biografías ilegibles de Théophile Gautier, y el siempre desconocido Henri Fauconnier. Con desagrado me comenta que su hijo, un estudiante de variedades, lee con pasión desmedida autores como René Crevel y el resto de forajidos sobrevalorados del surrealismo. No puedo consolarla de su pesadumbre.

Madame Châtelet suele vestir de manera correcta y atildada; jamás son chillones la combinación de sus colores. La racionalidad puesta al servicio de la moda; eso es ella los domingos por la mañana. Tendrías que verme a su lado. Es un espectáculo imperdible. A veces parecemos dos siamesas perdidas en un café parisino. Dos siamesas intentando soplar contra un viento que nos amortaja y nos deja enmudecidas durante largos minutos.

Muchas veces me gustaría que estuvieras en nuestros desayunos, para que pudieras explicarle con precisión que no sólo tenemos una extensa llanura, gobiernos corruptos, vacas y cereales, tangos, boleadoras y gauchos recitadores. Claro, ya le he hablado de vos, y de tus desbarajustes. Una vez me ha pedido que le muestre una foto tuya, pero me he venido sin ningún recuerdo, intentando poder olvidar de la manera más eficaz y rápida mi pasado. Olvidar, Lisandro, de eso se trata. El resto es papel picado.

Un entrañable saludo,

Ramona.

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