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Bs. As., 1 de mayo de 2009.

junio 22, 2009

“La ambición es el último refugio del fracaso.”

Querida Ramona:

Otra vez despertarme temprano, sin saber qué hacer conmigo. Es feriado. La ciudad está vacía. Parece que no ha quedado nadie en pie. Ojalá así sea. Pero es sólo una conjetura porque no me animo a asomar el hocico para ver qué pasa fuera de este monoambiente. A ese punto he llegado y de ese punto debo partir. Todavía hace calor, o mejor dicho, el clima sigue algo templado. Me aburro. Me aburro mucho y sospecho que el aburrimiento va a terminar por convertirse en una sombra desgarradora. La verdad no sé muy bien qué escribirte. Me gustaría, eso sí, hablar con vos. De qué, no sé, tal vez de las mismas cosas intrascendentes de siempre. De trivialidades, querida Ramona, que por otra parte, es de lo que está hecho el mundo.

Conocí a una chica. Salimos un par de veces. La pasamos bien. Todavía no he caído en el fango del escándalo o del ridículo. Ayer se quedó a dormir en casa y ya hoy tuve que inventar obligaciones para sacármela de encima. Justo yo, obligaciones en un primero de mayo. Es que comencé a sentirme agobiado. Debe haber sido el aire irrespirable después de 12 horas juntos, o la asfixia de verme atrapado en la burda teatralidad del cariño. Cuándo voy a vivir un auténtico amor, cuándo voy a sentir que mis movimientos se corresponden nítidamente con lo que siento o deseo. Cuándo.

Estoy solo. Hace años que estoy solo y que no logro, lo que se dice, concretar una relación y menos aun, sostenerla en el tiempo y el espacio. Pero estamos grandes para lamentarnos como si fuéramos víctimas de un operario sádico que se divierte viéndonos repetir maquinalmente las mismas acciones de siempre. No pasa un día sin que  me queje del laburo, y hoy, justo hoy, feriado, día del trabajador, hubiera preferido tener que ir a trabajar antes de quedarme acá, deambulando como un subnormal enjaulado. El maldito yugo como una forma de escape de esta tormenta de mierda. Lo vivimos todos; pocos nos animamos a reconocerlo. Tal vez por eso empecé esta carta, buscando ocuparme en algo que no sea darle vueltas y vueltas al vacío infernal que, al menos para mí, se materializa en este hábitat inhóspito que insisto en llamar “mi casa”: un colchón individual sucio y con olor a desgano.

Y ya que estamos con las insistencias, te advierto que todavía continúo garabateando palabras en un cuaderno Rivadavia para eso que denomino “proyecto de novela”. La escritura como un bastón para sostenerme entre tanta malicia, desdicha y tedio. Las coordenadas donde podés hallarme. Creo haberte comentado en alguna oportunidad la trama de mi futuro librito. La historia de un hombre que pierde todo y decide empezar de cero en un punto cualquiera del planeta. Un iracundo hijo del desconcierto que se aproxima paso a paso a cada una de sus pesadillas. Sí, sí, a mí también me produce pudor ver cómo puedo repetirme y emularme hasta la fatiga.

Es viernes, hay personas que ya están pensando en qué se puede hacer hoy a la noche. Yo, en cambio, sufro por el tiempo libre en exceso, y más con este fin de semana largo por delante que apenas comenzado ya me genera desasosiego. Veré si puedo aunque sea dar unas vueltas por Parque Lezama. Aunque vos y yo sabemos que las vueltas son el preludio de una cita impostergable. Porque después de quince minutos, o lo que tarde en sortear esa marea nauseabunda de especímenes arios, voy a desembocar en el Británico para saborear la amargura de una cerveza y ver mi pasado a través de la ventana del bar, mirando la vida de los otros como si fueran vidas reales y la mía un puro espectro que va desfalleciendo lentamente. ¿Has tenido alguna vez, Ramona, esa noble experiencia de sentirte de más entre los mortales? ¿Has visto todos tus sueños desarmarse como un torpe rompecabezas? Seguro que sí, y por eso has decidido irte tan lejos. Lo sé, lo sé, por allá también se respiran aires repugnantes, pero no hago más que bendecir toda esa aversión que te despiertan los franchutes, sabiendo que muy en el fondo eso puede mantenerte viva.

Mejor no molestarte más con tantos despropósitos. Un abrazo, y hasta condiciones más oportunas.

Lisandro.

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