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París, 20 de abril de 2009.

mayo 24, 2009

“Desgraciada memoria
que obligas a saber
por qué caminos
hemos llegado a ser lo que somos”

Querido Lisandro:

Todavía puedo recordar con precisión el tono de tu voz al recitar de memoria algunas pavadas del polaco piojoso y mal parido que cito en esta carta. En tu honor y en tu memoria, claro está. Aunque jamás he llegado a comprender -y mucho menos compartir- tu devoción por semejante pelandrún; porque para mí, no es más que una bolsa de arpillera retórica simulando ser una seda intelectual. Supongo que será otra de tus tenues imposturas; ésas con las que has intentando seducir mujercitas y mujerzuelas. Tu gama recorre desde las tímidas e ingenuas adolescentes hasta las hembras vencidas y maltrechas. Nunca una dama digna de atención, por supuesto. Eso para vos sería claudicar, vaya uno a saber de qué.

No me extraña un ápice que sigas embarrado en las repetidas miserias del pasado. Donde otros sucumben, vos intentas mantenerte en pie. Te aclaro desde el vamos: no pienso darte palabras de aliento, ya que no considero que te sean necesarias, ni el aliento, ni las palabras. Jamás te ha interesado vivir razonablemente. Y como la vida nunca te pareció suficiente, tu deseo se ha vuelto algo demencial. Simplemente te atrae la idea de convertirte en un artefacto literario, una especie de signo negativo y repelente de las letras nacionales. Un mito, un maldito despiadado o un desdichado incomprendido. Forjarte como una figura excéntrica y luego llamarte al absoluto silencio. En síntesis: convertirte en una incógnita. Siempre te has sentido atraído por las posturas extremas, ridículas y teatrales: Rulfo, Rimbaud, Banchs, Walser, Salinger o Felisberto Hernández. A veces tengo la sospecha que tan sólo te interesa la serie de escritores que se esconden. La pulsión negativa o la atracción por la nada: ése es el jueguito que te hunde y te destroza. Pero bueno, es tu elección aunque, como vos dirías, es cierto que no hay elecciones.

No creo que deba refrescarte la memoria. Nunca ha sido necesario. Tu memoria es un muro gris, fuerte y extenso. Tal vez el único atributo que te va quedando medianamente sano. Ahora estoy en Europa, y en alguna medida, gracias a tu generosa ayuda: tu intervención, tus consejos y alguna conexión que te ha quedado en ese cotolengo que es la Universidad. Finalmente pude obtener la beca de estudios para mi doctorado.  Mi viejo proyecto de  vincular el arte renacentista con ciertas tendencias en la literatura del siglo XX. Volver a beber del zanjón inmundo de las vanguardias de principios de siglo. Para serte sincera: una vil treta con el único fin de alejarme de todo y de todos. Un respiro para intentar revivir y así continuar. Aunque lo que esta ciudad me depara ya empieza a oler mal. O mejor dicho: los franchutes huelen mal. Apesta su pretendido progresismo, su snobismo lacerado y su pedantería de pacotilla. Son aburridos, extremadamente reservados y amarretes. Nacen viejos, están condenados al egotismo.

Ambos sabemos que desde las postrimerías del siglo XIX es costumbre entre los artistas e intelectuales americanos realizar un viaje iniciático a Europa -Roma, Londres, Berlín, pero sobre todo París- para conocer y empaparse de las corrientes estéticas y filosóficas en boga. Lisandro: no hay nada para conocer y  mucho menos para empaparse.  Tal vez París nunca fue una fiesta. O tal vez sí y ahora todo lo que se puede ver es la resaca que ha quedado. No creo que sirva de mucho, pero al menos me mantiene distraída de los pozos ciegos de la memoria.

Espero que la cirrosis, la estupidez o el rencor no estén haciendo de vos un vulgar y maniático personaje del Decadentismo. Estamos grandes para la pantomima a oscuras y para el teatro de sensiblerías no superadas. Por otra parte, es absolutamente cierto que la enfermedad es un discurso elíptico, y que el cuerpo, definitivamente, el lugar de la escritura. Pero tal vez, habría que intentar en otro lado, surcar heridas en otros espacios, para engañarnos y continuar adelante, aunque adelante tan solo haya un desierto.  Y el desierto esté constantemente creciendo.

Un afectuoso saludo,

Ramona.

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