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Sin lágrimas

abril 29, 2009

Tengo la boca pastosa y me cuesta modular. No puedo enfocar bien y siento que mis ojos se bambolean de acá para allá, sin lograr posarse en ningún lado. Tal vez esté bizco y no me dé cuenta. Pero no puedo hacer mucho para controlarlo: todo se me ha ido de las manos y simplemente me dejo estar en esta mesa de bar, mientras escucho algo sobre el baño legendario del lugar.

Fumo; es el primer pucho del segundo atado en lo que va de la noche. Soy el culpable de que estemos en esta pecera inmunda que han dado en llamar “sector fumadores”. Pienso en pedir una cerveza. La última me digo, como para destrabar los labios adheridos a las encías, la lengua reseca y este hormigueo en la garganta que me hace carraspear cada dos por tres. Sé que en este tipo de locales sólo venden de tres cuartos, y que tarde o temprano, me veré obligado a pedir una segunda vuelta. Aun así, insisto, pero me desprecian con un cortante “¿te parece?”. El mozo se acerca y escucha su pedido. Yo me cuelgo mirando la calle a través de los vidrios. Afuera ya se hizo de día: uno que otro bondi vacío por Rivadavia y dos borrachos tambaléandose en la esquina de Jujuy, abrazados, muriéndose de pie. Después de un rato me doy cuenta de que el mozo sigue ahí, esperando que yo reaccione. Sin mirarlo, hago un gesto soez y le contesto que para mí lo mismo.

Me aburro. Si sigo acá me duermo. No quiero que empiece con su típica manía de tocarse el pelo haciéndose bucles, como si fuera una nena inocente, mientras busca ponerse seria. Quiere que yo la escuche, que le preste atención y así cantarme unas cuantas verdades. Aunque nunca son a quema ropa: es una egresada en el arte de la diplomacia y encima con honores. Yo sé que me quiere, de seguro alguna vez me lo ha dicho; así y todo, arranca con el clásico “mirá, creo que no estoy en un momento para dar”.

El mozo vuelve con el pedido y de alguna manera agradezco que haya interrumpido. La cosa viene seria, parece, ya que ella espera a que sirva, deja pasar unos minutos, y se cerciora de que esté lo suficientemente lejos como para retomar. Me cuelgo mirándolo irse, con su bandeja vacía, revoleando una especie de repasador, mientras canturrea por lo bajo algo que parece ser un tango. Me inclino sobre el respaldo de la silla fingiendo interés y me preparo para lo que se viene.

La escucho hablar durante casi quince minutos. No hace más que enarbolar teorías sobre las personas y las relaciones en un grado tal de abstracción que me obliga a preguntarle qué pasa, qué me estás queriendo decir. Se queda callada, parece sorprendida ante el hecho de que yo pueda hablar y encima interrogarla. Vuelve a juguetear con su pelo, revuelve su café ya frío y lo termina de un tirón. Le han quedado unos bigotes dulces que borra rápidamente con la lengua. Una coqueta, me digo. Siempre me gustó su manera de vestirse. Y de la nada me viene una ráfaga de su olor que hasta hace poco me era imperceptible. Culpemos al tabaco o a esa distancia que se obstina en mantener desde que me propuso que fuéramos a tomar algo. Y no hago más que pensarla desnuda, en mi cama, con esos lunares hermosos que le manchan todo el cuerpo: “bueno, vos sabés cómo es esto, que uno no se enamora de todas las personas con las que coge”.

Vuelvo al contenido triste de mi taza y empiezo a barajar la idea de pedirme una ginebra. No, acá no. Mejor buscar un bar y abandonar este lugar que de tan limpio, apesta. Me quedo quieto, sin animarme a levantar la mirada, y dejo que ella continúe con su ofensiva monserga. Me gustaría recordarle que la quiero, pero prefiero evitar cualquier tipo de escena. Pregunta si estoy enojado, si la odio. No contesto. Me pide que no me lo tome así, tan a pecho: “tenés que entender que decirte que no, no es rechazarte”.

Dejo pasar unos minutos, miro por la ventana impecable y tiro un “bueno” para avisar que me estoy yendo. Quiero que me agarre de la mano, que me pida que me quede, o que se venga conmigo. No reacciona. Saco la billetera y dejo una suma ridículamente excesiva sobre la mesa. Me pregunta si estoy bien. Y le contesto: ya ves, estoy de pie. Nos vemos.

Camino lento hacia la puerta. Todavía barajo la posibilidad de que ella se levante y me retenga. Piso la calle y siento el frío de la mañana absurda por lo resplandeciente. Todo indica que va a ser un lindo día. Lástima que mis planes se limiten a dormir hasta que haya oscurecido -o al menos eso espero- para poder despertar arisco y algo turbio, y de seguro maldecir el haberla conocido. Aunque después, ciertamente, me contradiga.

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4 comentarios

  1. ¿Se parece a una canción del Paz Martínez o de Anthony and The Johnsons?


  2. Che, está muy bueno.
    Abrazo.


  3. te soñé distinta. pura, buena, dócil, gloriosa, feliz. y luego te vi. en tu ropa se percibía el olor a ron de la noche anterior. caminabas tambaleante. estabas despeinada, desorientada, deshecha. me hablaste, te hablé. “tuve una pesadilla”, confesé. tus ojos mostraron intriga. “te soñé distinta”, aclaré. sonreiste. abriste tu cartera. sacaste una botella semivacía de ron y bebimos. antes de caer en la cama improvisada con tres almohadones viejos y una manta harapienta, te observé y te soñé despierto: imperfecta, triste… eterna. tal como sos. tal como te necesito.


  4. ¡Imperceptible! la escritura de un ninja…



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