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Bs. As., 2 de abril de 2009.

abril 11, 2009

“siempre la distancia para repetirnos
ésa es la verdad, ése mi destino”

Querida Ramona:

Tal como habíamos quedado antes de que te fueras, hoy por lo menos, me decido a escribirte. Aunque no puedo prometerte hacerlo mañana o continuar en lo sucesivo. No sé si tendré la fuerza suficiente. Empiezo, al menos, esto de dejar a un lado los mails, los chats, las llamadas larga distancia, la engañosa cercanía del skype. Aunque mucho para contar no tenga. Nunca he tenido mucho, y menos para contar. Sigo en la misma sucia ciudad, en el mismo odioso monoambiente, en el mismo trabajo infernal. En resumidas cuentas: todo está tal cual lo dejaste, al menos en lo que a mí respecta.

Salvo que ya estamos en abril y el otoño se hizo presente. No en las hojas amarillentas que se desprenden de los árboles, sino por los gestos en los rostros de los que me cruzo a diario. Sigo durmiendo con la ventana abierta, pero ya no tengo que prender el ventilador. Todavía no lo guardé en la baulera porque se rumorea que el calor va a volver. Aunque, al menos para mí, ya es un hecho que el otoño llegó, y con el otoño, el vino. El tinto, por supuesto; Malbec, en lo posible. Hoy inauguré la temporada. De seguro caiga borracho en la cama y como para evitar el mareo tenga que prender otra vez el ventilador. La verdad es que fue simplemente por eso que todavía lo tengo a mano. Como verás, sigo siendo el mismo hombre precavido y previsible. El mismo hombre intachable y moderado en sus costumbres.

Ahora que no estás y que tu ausencia es tan visible, me veo obligado a beber solo, y eso implica que beba más. A veces comienzo por la tarde, con algún aperitivo a la salida del trabajo. Algo refrescante, para sentirme medianamente vivo, aunque sea un instante. Después, viene lo de siempre. Pero ya no ando dejando culos por ahí, porque son como un dejo de soledad y abandono: no hay nada más triste que una botella casi vacía, con escasos dos dedos para mojarte los labios y quedar con el pico caliente. Por eso decido acabar toda botella empezada. Ésa, tal vez, sea mi única nueva regla. Y como una nunca alcanza, siempre termino tomándome dos. Tal vez la otra sea en tu memoria, y no lo sepa.

Así que en ésas estoy: queriendo escaparle a la rutina con costumbres falsamente prometedoras. Una y otra vez, con los mismos engaños de antaño. Perdón por la rima, zonza y vulgar. Me precipito, cada vez más, hacia el pozo en el cual me conociste. Para serte sincero, no puedo evitarlo. O mejor dicho: ya no hago nada para evitarlo. Nunca lo he hecho. Por más que al día siguiente suene el despertador y quiera matarme; por más que sepa que voy a cargar durante todo el día con una resaca horrenda; por más que entienda que esto no hace más que hundirme más y más en la maldita inoperancia de lo repetitivo.

Si fuera por mí, ya mismo estaría en la Cañada, o tal vez sería mejor ir a la Taberna de Roberto. Aunque de seguro a vos te gustaría más ir caminando hasta el barrio de San Telmo. O al centro, como solías decir. Todo depende de las ganas de caminar que tengamos. Pena que estés tan lejos y el hecho de encontrarnos se complique sobremanera. Supongo que en algún momento volveremos a tener charlas como las de antes. Lo que es a mí, poco hablo, nada digo. En los últimos tiempos no me he visto con nadie, lo que se dice nadie. Debe ser que ya no resulto una compañía grata. Imagino que mi presencia es netamente insufrible. Por eso me mantengo a raya de todo evento social. Simplemente me encierro para beber solo y escuchar música. Aunque a veces me contengo y logro leer algo antes de sumergirme de lleno en aquella seductora insanidad que tanto vos como yo conocemos.

Te advierto: estuve leyendo los diarios matutinos; sólo para matar el tiempo de alguna forma anodina. Para escaparme de mi propia cotidianeidad y abrumarme en el fango de la política. Ese viejo vicio que supiste repudiar de mi carácter. Ese engaño discursivo que termina por amargarnos antes de tiempo. Te informo que otra vez la hipocresía de recordar nuestra derrota bélica se ha hecho presente. Lo habitual de la prensa nacional: el sentido común como callejón sin salida y el patrioterismo infantil como recurso argumentativo. Por el momento, todavía no se oyen gritos triunfalistas en esta trampa macabra que denominanos país. Por el momento, tan sólo. La miseria continúa imperturbable; la miseria intelectual y la material. Supongo, que nada de todo esto debe sorprenderte. Estamos acorralados y las salidas de emergencia han sido cerradas por nuestros propios compatriotas. Espero que mis palabras no te conduzcan a conjeturas falsas o afirmaciones apresuradas. Ni por un segundo creo que Europa sea mucho mejor que esta ciénaga monstruosa.

Espero mandes noticias. 

Un fuerte abrazo,

Lisandro.

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