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hitler, un film de alemania – j.h. syberberg / la boda de mi mejor amigo – p.j. hogan

junio 28, 2008

Estábamos sentados en el práctico de Teoría Literaria III, no digo aburriéndonos pero sí completamente sometidos a la verdad que por entonces se imponía, estúpida y única: Letras era El Lugar desde el cual leer la realidad o esa suma de astillas y pedazos de espejo que por entonces la reemplazaba. Lo diría unos años más tarde Schettini, en la misma cursada durante la cual provocó al auditorio con el tajante, cínico e inverosímil “mientras el Rulo [su perro] y yo comamos, no me importa si trabajo para la Alianza, Menem o el PO” (no fueron estas sus palabras, su discurso era mucho más ponzoñoso y, por eso, gracioso y revulsivo a la vez), diría, él, Schettini: los alumnos de Letras son los más inteligentes, hagan lo que hagan. Está bien, lo hacía para halagar y compensar sus infantiles disputas con alumnos que empezaban a hacer su recorrido por la militancia y que en un impulso final recuperaban el espíritu cuestionador de la adolescencia para canalizarlo en la lucha política, pero lo hacía. Schettini venía de trabajar, trajeado, todavía era el uno a uno y se podía hablar de viajes y becas, vida fácil, derroche y glamour. Pero lo que importa es que una vez iniciado en el rito puanístico se accedía a una secta cuyo tesoro máximo, punto de aglutinamiento de todos los discursos, era la certeza de tener el saber capaz de operar en todos los campos, todas las prácticas. Claro que es incompatible ser Maradona y jugar bien en todas las posiciones, es obvio, pero es algo que no se comprende hasta tomar un poco de distancia y darse cuenta de que, a lo sumo, lo que se obtuvo no fue más que la habilidad de hablar un poco sobre todo.
Estábamos sentados, decía, cuando la profesora se entusiasmó con el comentario sobre una proyección de Syberberg en la Lugones. Era de seis horas y para llegar había que dejar la clase que ella misma dictaba. Se trataba de uno de esos comentarios del tipo “qué bueno este director alemán, se los recomiendo seriamente” (para ver en otra oportunidad, claro, si total la Lugones repite a cada rato). Y uno siempre anda buscando algo que lo salve, la fórmula mágica que lo saque de los lugares transitados, esos espacios que quitan el aire, máxime si se trata de espacios de verdad. Además, las películas largas suelen tener olor a aventura y nosotros andábamos sedientos, desesperados por salirnos del curso natural de las cosas. Una aventura, un relato intelectual y amoroso que terminaría por estrellarse contra lo que efectivamente es. Pero eso es harina de otro costal, acá lo que importa es la historia que en ese presente todavía podía ser o se insinuaba o gustaba de ser pura insinuación.
Salimos con mi compañera con cara de ir a cumplir una importante tarea, casi una misión o un aporte fundamental para esa casa de altos estudios.
Recuerdo que solía tomarme del brazo en un doble juego de coqueteo y confraternidad. Y fue así que anduvimos todo el camino hasta llegar a Primera Junta, un poco felices por nuestro plan de evasión bien montado. Ese día descubrí la pasión de mirar los interiores de departamentos desde la calle (en otro, mucho tiempo antes, había descubierto el goce de mostrarse, el vértigo del sexo callejero).
Tal vez llegamos con la película empezada, no lo recuerdo con precisión. Poco importaba, en verdad, creo que si estábamos ahí era por otra cosa, la suma de un instinto de buscar refugio en lo onírico de la sala oscura y la gracia de saberse bien acompañado. Había poca gente, no nos besamos ni hubo algún tipo de desenlace sexual, alguna prohibición implícita nos alejaba (así iría construyéndose el deseo, por otro lado, siempre en el límite que fija lo no permitido, corriéndose cuando éste cambiaba de posición).
De más está decir que la película era larga. No recuerdo mucho, sòlo un hombre en una cámara oscura, teatral. Es que pasé gran parte del tiempo dormitando (hay que probar el placer de dormir en el cine, he asistido a casos de gente roncando que incluso retomaba el hábito a los pocos minutos de ser brutalmente golpeado por los otros espectadores). Es así que mis recuerdos de la película son confusos, fragmentarios.
Habremos estado tres horas en la sala. En algún momento mi compañera se hartó y me empujó hacia la salida. Terminamos en La Giralda hablando largas horas (tomamos café, Rodrigo; es cierto que el café con leche es estúpido pero hay que ver lo que es una buena dosis de cafeína, el cuerpo eléctrico, la percepción entrecortada), casi haciendo tiempo hasta que concluyera la función, quizás más. En realidad sólo queríamos convivir esas seis horas que no fueron aventura, tan sólo un vago recuerdo que me sirve para mencionar a alguien que ya no veo, uno de esos amigos que ya no juegan más que en mi cabeza.

********

Eran los primeros años del porro, esos momentos de iniciación, inocentes, donde un mundo se abre ante nosotros, inabarcable, infinito, pleno de posibilidades. Faltaba bastante para esta estrechez, este moverse -y chocarse- en un monoambiente que es el presente. Fue un período breve, como el que tuve con tantos otros, un mes, unos días, un año, pero fue un momento, una serie, un argumento. Nos conocíamos desde el fin de la infancia y, dejando la adolescencia, fuimos al cine con cierta regularidad. Zucco y yo apuntábamos para distintos lugares, él me aventajaba en una decidida actitud lumpen que lo llevaría a trabajos de mala muerte donde se fingiría un trabajador del conurbano. También en que desde mucho antes venía incurriendo en el torpe y consolatorio hábito etílico (como suele suceder con estos tipos, un día se pasan a la merca, rabiosos, hasta que la tragedia los roza y entonces alcanzan la limpieza, así sucesivamente para volver a empezar). Yo recién empezaba con todo (que se entienda: suelo llegar tarde). Además, no logro desarrollar la fuerza que inclina hacia algún lugar de manera definitiva. Deambulo, en pocas palabras. Con insistencia pero deambulo.
Venía de rendir la materia de Panesi (los perros de Panesi, digamos), la facultad era una tortura a la que había que someterse, algo así como la AFIP: la grandiosa técnica contemporánea del autocontrol. Lo hice de manera aceptable, ya que en realidad sólo lograba vincular textos con comentarios (más tarde entendería que así funcionaba el mundo académico: la frase justa en el momento justo, para un interlocutor preciso). Recuerdo que al alumno anterior Panesi lo despachó después de preguntarle si le gustaba dormir la siesta. El alumno reflexionó unos segundos, creo que se sonrió un poco y se sinceró: sí, es lo que más me gusta. A mí también, le contestó el jefe de cátedra, pero con eso no alcanza.
Entonces fue mi turno y pude hablar no sé bien de qué ni cómo, pero tenía ese coraje del que no comprende y pude ir más lejos que el narcoléptico que me había precedido. Casi me agarra sobre el final, cuando insistía con que le dijera no sé qué concepto de Foucault que yo decididamente había pasado por alto al preparar el examen. Y me daba vueltas y vueltas, iba tendiéndome la trampa, encerrándome (era mi segundo examen; en el anterior -Gramática General- me salvaron los reflejos cuando la mujer que me atendió pretendió hundirme con un “no sabés nada”, al que respondí con “¿cómo que no? si contesté todo lo anterior”). El tipo estaba medio quemado de tanto charlar con posadolescentes y empezaba a fantasear con fusilamientos en masa, pero llegó una de sus ayudantes -la que nadie podía escuchar, dada la confusión que generaba su belleza- y me rescató, nunca entendí de qué manera.
Por eso, tenía motivos para celebrar con un buen porro y una cerveza, a la vuelta del Savoy, en algún palier de edificio. Sacamos entradas para lo primero que encontramos, a conciencia, confiando en que la marihuana explotaría la estupidez cómica del film. Y eso que Zucco no era un tipo muy concesivo ni paciente, más bien era una mezcla entre el alumno de las siestas y un hincha de Excursionistas furioso un sábado a la tarde. Es decir, un imprevisible. Un verdadero imprevisible.
No pasó nada. Nos metimos a la sala -llegamos un poco tarde- y nos reímos con grandes, enormes carcajadas que rebotaban sobre las altas paredes y hacían que llamáramos la atención. Ahí, en la oscuridad, ocurría un momento feliz.

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