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Luchas en Italia – Grupo Dziga Vertov / One P.M. – Pennebaker, Leacock, Godard / La león – Otheguy

junio 23, 2008

Hay dos maneras de escribir: el rencor y la falta. A ambas, a la larga, se las fagocita el sistema amoroso. La escritura es posible para pelearte, mantenerte vivo, un insulto con destinatario preciso; la bravuconada que, en definitiva, lo único que quiere es llamar la atención a ese otro demasiado lejos, casi inexistente; o es posible como una lágrima: me arrastro y te nombro, fantaseo con el momento en que sepas todo lo que soy posible, todas las renuncias a las que estoy y estaré dispuesto. Pero al fin de cuentas, los dos modos quedan dentro del relato amoroso, único gran relato capaz de sostenerse en pie, precisamente porque su arma más poderosa, la que lo fortalece, es el dolor.
¿Hay alguna posibilidad de hablar por fuera de lo amoroso? ¿Hay manera de quitarse el balbuceo de encima y encontrar palabras que no sean de por sí amorosas? Porque ni siquiera las del tedio, ésas quedan del lado de la falta.
Es que no encuentro cómo escapar a la jaula de la primera persona -dicen que se trata de narcisismo, egocentrismo, vanidad, más bien creo que es incapacidad-, es más, no hay quien escape a la fuerza del ‘yo’.
Y me dijeron muchas cosas, una de ellas que no había que inventar nada, que sólo bastaba con mirar y narrar. Bien, lo único que encuentro es una vida seca.
Tres películas en un fin de semana sumadas a los visionados televisivos de casi cualquier cosa. Pura espera, la mirada lejana, perdida en la vida de los otros. Sin duda hay un intenso deseo de la muerte en la cinefilia, no veo por qué negarlo, si vivir es esperar la muerte. Y si no, miren a los viejos. Mírenme.
Hasta dejé de beber, a ver qué pasa. Y nada. Ni siquiera me queda el derroche alcohólico, figuras fugaces de malabarista, dibujos en el vidrio empañado, palabras que se esfuman.
Esto es vida, sí, señor, pero esperaba otra cosa.
Y me metí en la Lugones, el frío y la lluvia afuera. No pasaba por ahí, tuve que trasladarme. Me metí en el cementerio de elefantes para esquivar los amigos que ya no tengo -los que ya no llaman, los que no atiendo, los que no llamo, los que no proponen, los que odio y los que quiero porque están lejos-, para olvidarme de la experiencia que no ocurre, para dejar de fumar por dos horas. Me metí y seguía siendo yo. No había alienación suficiente. No la habría en todo el fin de semana, D’Angeli, Carrey y Eurocopa incluidos.
La Lugones es un lugar incómodo, no como el MALBA donde uno adopta con facilidad el tono socarrón y se ajusta al chiste fácil, la crítica rápida que nos entregó la facultad servida en bandeja. La Lugones no, la Lugones es un lugar más duro, nada de azaroso hay en esas butacas rígidas de un cuero patinoso que tira para abajo, un poco como el auto de mi padre, veneradísimo, cuidado para que no se gaste de más, andando por esas rutas con soles pestilentes, piernas transpiradas y la am al palo. La Lugones nos pone en evidencia con todo lo que no vimos, lo obvio que desconocemos (como hace poco Historia(s) del cine), todo lo que no hicimos y, peor, ni siquiera pensamos ni nos atrevimos). Es el único espacio formador que tuve en Corrientes. El único. No hay otra mitología de esas calles que me interpele. Desde aquellos años de pendejo en que me metía con Alejo los viernes por la noche, con un Big Mac que apestaba la sala (época menemista del Big Mac a $2 en la que no entendía nada del protocolo intelectualoide) y una Quilmes de litro en la mochila. Educación, entonces, que habilita y castra al mismo tiempo. Igual que Puán. Igual.
(¿Qué mierda hago contando mis memorias a los treinta años? Me explico. Intento explicarme cómo se pasó este tiempo, cómo el sueño devino distopía. Además, a diferencia de Rodrigo, noto que envejezco. Hasta abandoné la futilidad de correr por el parque y me expongo a una de esas estúpidas lesiones futbolísticas que sólo buscan generar lástima, golpes autoinflingidos sutilmente, un tobillo que cede, una rodilla que va más allá. Es que es evidente que inhalo más humo que aire y ando abrazando cuanta adicción salga al encuentro. No se preocupen, esto es ficción o lo que queda de ella. Igual, es fácil cerrar la página.)
Lo concreto es que toda educación se hace a los mazazos. Incluso si intentaba escaparme de las fauces puanísticas donde se disecciona lo que se quiere (en especial los perros, si no entendí mal la explicación de Panesi), mismo en ese entonces, no hacía más que meterme en otra escuela, tal vez más difusa pero igualmente presente, que explica y dosifica qué hay que ver y en qué orden para entender de qué determinada manera. Y uno va reconociendo errores y pasando de pantalla en un ascenso hacia la nada, como la escalera mecánica de Los Simpsons.
Pero siempre fui muy terco, muy obstinado, protestante y tontamente evolucionista, recobrando la ilusión en cada una de esas epifanías de catecismo de cuarta, y termino insistiendo con una nueva intentona. Por eso vuelvo el sábado y me reencuentro con esos otros, tan perdidos que ni se desesperan (ya dije que hace tiempo no voy solo). Y otra vez todos (no estaba el flaco alto de pelo largo y candado, coronilla pelada, también él alumno de Puán que, suelo especular con Joaquín, ha dedicado su vida a ver todo el material que proyecte el teatro -ésta seguro ya la vió-), todos, a meterse en la Lugones para ser otros, ingerir la genialidad y pasar de pantalla.
Esto es literatura sentimental. Debería mudarme a Palermo. Sensible.
Porque si hay un intento pasa por el exceso. Como dice Joaquín, no llevar una vida de cena de parejas los viernes y película los sábados, en casa, tapaditos. No. Extralimitarse como sea, en lo que sea -intuyo-, en eso hay una posible salida. Como la vía negativa de Elliot. Entonces miro todo lo que quiera ser mirado, me exijo un poco más como un deportista en pretemporada, salgo corriendo a ver lo que tendría que haber visto hace rato, soporto las lastimosas condiciones de proyección del hermoso Gaumont (a mi madre le encanta, pero no va nunca) y cuando salgo, habiendo elegido al cada vez más estúpido 60, veo la mitad de un cuerpo tirado en el piso, los zapatos y algo así como un limosnero a un costado, una cabeza de pelo enrulado, morochísimo, inclinada, igual que el viejo muerto de la película de Otheguy. Lo miro, todos lo miran, y dudo si ese tórax y ese pelo negro son las de un ser humano o se trata de una chanza, fisga o engaño. Pero llega el colectivo y elijo seguir, ya no queda posibilidad de decir, como Kurtz, como insiste Joaquín al final de su ensayo, el horror, el horror.
*
Hago uno de esos saltos que me gustan, me como un paso de la explicación (siempre mis profesores me recomendaron explicar más, criticaron un blanco en el argumento) y elijo el rencor. El rencor por la falta. Al menos por ahora.

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One comment

  1. BUENO TE DEJO UN COMENTARIO .ME ENCANTAN ESOS SALTOS DE ALGUNA MANERA HAY QUE PONER ESOS BLANCOS.NO LOS OIGAS… MUY BUENO CHANZAS FISGAS O ENGAÑOS .



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