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aniceto – favio

junio 16, 2008

Capa sobre capa, como un rogel, así se nombran las imágenes. Así se comentan, una es más que la otra, la reencuadra, la adjetiva, una cuarta, quinta vez. Y siempre existe la fantasía de que algún día terminará la serie y se podrá ver el panorama completo de un código mucho más largo que el que necesitás para instalar un programa cualquiera y que el tipo del parque te mete en algún read me. Es mucho más larga esa cadena y por eso hay que optar por algún aparato interpretativo, dicen, o quedarte en la materialidad de la imagen, tocarla para que diga algo, se haga cargo.
Nos subimos al 12 en Santa Fé, sábado a las seis de la tarde, víspera del día del padre. Nos subimos y en esa primera persona plural se nota que ya ni voy solo al cine, será por temor o por inercia, el nosotros me atrapa como un medio mundo en el muelle, puede ser Gesell o Necochea.
-¿Qué mierda hacer con los fines de semana?
La calle atestada, las bolsas se golpean unas con otras y sus cuerdas marcan suavemente las muñecas de la gente. Son de papel cartón, un gramaje específico a medio camino entre uno y otro. Al golpear con la pierna de algún transeúnte o con otra bolsa hacen un ruido que es más grave de lo que se espera. Pero, eso sí, si te das con la punta en, por ejemplo, la rodilla suele provocar un dolor agudo, irritante a la manera de la esquina de la cama en invierno. Dolor sordo.
Iban y venían; el 12 no, el 12 sólo iba. Como podía, la línea más fiel de Capital (hace rato dejó en el camino a la 60), empujaba a unos y a otros para lograr entrar en Riobamba y olvidar el Día del Padre. Y desde esa esquina, la segunda imagen: compradores se decidían por piquetear. No eran muchos pero para muestra basta un botón. Sobre la masa de coches, sobre la multitud de gramajes indefinidos, una bandera argentina (que, perdón por la digresión, termina vinculándose con el loco que en La Plata se sube al escenario de El mató para gritar “viva la patria” hasta que logran hacerlo desistir de su nacionalsocialismo).
Cómo no hablar medio a los gritos en el abultado colectivo, cómo no decir menos mal que éste termina en Constitución y qué bueno que vamos a tener un presidente de la gente. Y ahí, en medio del clímax digestivo, justo cuando todo cuaja, una interferencia: una publicidad móvil de una longitud similar a un remolque con camilla. Una publicidad móvil cuyas mamparas están iluminadas por dentro con luz de tubo. Unas mamparas que dicen, moviéndose: “¿cómo hacer para tener sexo con una sola persona toda la vida?” Así es que te bajás en Mitre y vas hasta el Gaumont tarareando la marcha peronista, tranquilo, esforzándote por superar el brote de asma, con el estúpido humor del cínico que ve que las cosas están peor que el propio estado de ánimo, vapuleado por la noche que llega rápido. Por lo menos te queda Favio, pensás, y no podés sino sonreír cuando entrás a la sala y ves que está llena -y esto no es una hipérbole ni un dejarse llevar por las ganas-, que la sala está repleta de jubilados que sienten como una revancha la vuelta de su gurú. Y aunque sea con sorna, esa distancia maldita que te aleja de todo, aunque sea irónico, disfrutás del viejo que apenas puede moverse hasta la primera fila y un poco te putea, aunque no sepa dónde está parado, cómo estar parado, qué hacer para seguir en pie como esos estúpidos árboles que te hacían leer en la secundaria.

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