h1

200 moteles – frank zappa

junio 14, 2008

No estoy seguro si el problema de los domingos es la amenaza creciente de la cercanía del mundo laboral (que, como en un thriller, se acerca poco a poco a la víctima sin que ésta pueda hacer nada) o, al contrario, la certeza de que con la venida del tiempo del trabajo reingresamos al universo del sentido consolidado. Una angustia “meta”, gustaría decir a algunos fanáticos del término pasado de moda -las modas teóricas, retroalimentándose con aquellas de la indumentaria, la tecnología, el entretenimiento, fundándose en el consumo-, porque consiste en dar vueltas en torno del hecho mismo del domingo: me angustio porque, reconociendo las dos instancias, el tiempo de la recuperación, el reposo, el descanso, y el tiempo de la producción, no puedo hacer nada por cambiarlas. No me sobrepongo a ellas ni las sorteo ni las supero. Una inteligencia buena para nada.Ese domingo me senté en el sillón de mi casa, el sillón más visitado en el último tiempo, unos quince días. Es rojo, de un material que se parece al cuero, cuerina tal vez. Lo consiguió Rodrigo el día que nos mudamos. No teníamos nada, pero sí un sillón de tres cuerpos, cuero rojo, oscuro y brilloso. Entonces tenía menos rajaduras o eran más chicas. Me senté en el sillón, fumaba, fumaba porro, leía el diario, miraba televisión y escuchaba música. Algo no funcionaba y llamé a Isobel. No lo supo, era un rescate. La invité a tomar el té, dije eso, tomar el té. No era Proust pero toda la infancia se venía al vuelo. Era la voz de mi madre. Puso resistencia pero a la larga aceptó. No tenía nada mejor que hacer. La idea era ver una obra en el Sarmiento, del ciclo Biodrama. Hasta que vino pude leer en la pantalla que River había salido campeón. No me importaba, estaba harto del fútbol y su actualidad eterna.

Cuando llegó la obligué a escuchar Antonio Tormo. No iba a mencionarlo pero no pude contenerme. Ya sé que te estoy torturando un poco. Se vio obligada a preguntarme qué era. No le molestaba tanto, no le interesaba. Era la primera vez que lo escuchaba en mi vida, la segunda tal vez. Comimos galletitas de panadería. Tomamos el té. Fumamos más[1] . Se hizo de noche y salimos con tiempo, somos organizados con Isobel. Agarramos por Sarandí hasta Córdoba, pasamos el Güemes y doblamos en Aráoz, una mala idea de mi parte porque está empedrada. Sí, es simpático pero molesto. Bajamos hasta Las Heras por Salguero, pasamos por la esquina del parque donde el viejo que pisó al perro se excusa y rompe el verosímil cuando mira a cámara. Ahí Menis impone el otro registro-que a partir de ahí se repite siempre en la serie de “Adolescencia” e “Infancia”-, el que acepta y parodia lo televisivo. Nos reímos y comentamos la escena.

En la puerta había un policía conversando con un empleado, el lugar estaba desierto, más allá sólo se encontraban dos personas ojeando un diario. Se terminó el domingo pasado, nos dicen, y siguen con su diario ya viejo. El día se nos viene encima, se agotan las posibilidades de otra cosa. Convenimos pasar por el MALBA a ver qué había; si no nos gustaba seguiríamos hasta la Lugones al ciclo de cine noruego que era a las 22hs. Me bajo del auto y entro en el edificio del mecenas, me abre la puerta el hombre de seguridad quien no puede darme demasiadas precisiones sobre la programación. Miro la cartelera y sólo rescato la información básica: 200 moteles, de Frank Zappa. La habían pasado en el BAFICI pero con Zappa uno siempre duda acerca de qué es lo que nos va a pasar. Tiramos la moneda, no podíamos decidir. Salió la Lugones. Dudábamos entre seguir los designios del azar o violar su voluntad. Porque hay algún temor primigenio que se manifiesta cuando decidimos pasar por encima de esa voluntad ajena. Pero nos pusimos del lado de algo así como una racionalidad y nos dejamos llevar por la cercanía, la certeza, la ventaja del tiempo a nuestro favor.

Como quedaban cuarenta minutos, nos metimos en la Esso de Salguero a matar el tiempo, a aplastarlo, a ningunearlo. No logramos demasiado, a lo sumo nos sentimos como en una película de Rejtman, arrojados a la experiencia de las decisiones ridículas, las sucesiones de eventos arbitrarios, pertenecientes a una serie que nos excede. Aproveché a comer una hamburguesa hecha dos o tres días antes, nos hundimos en la seguridad de una coca y uno de esos snacks de sabores sofisticados (capresse, cebolla y queso, jamón y morrones) que en definitiva saben a lo mismo. Llegó la hora y encaramos para el MALBA para mezclarnos entre la masa de roqueritos o perdidos en una noche en la que no pasaría nada. Al día siguiente, Isobel me enviaría un mail contándome que la función de la Lugones era a las nueve, es decir que no habríamos llegado a tiempo. Fue reconfortante saber que le ganamos a un destino tramposo. Así, resultábamos productivos y no meros paseantes en una ciudad dormida, muda, insignificante.

 


[1] Todos saben que Isobel no fuma tabaco.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: