
My favorite things
Julio 6, 2008Para ser sincero diría que no hay ningún motivo para abandonar la vida en una botella de oscuro contenido. Pero también podría decir que todos los argumentos sobre la tierra resultan tentadores para dejar caer la vida en un precipicio de alcohol. Fondo blanco. No es una contradicción; es una paradoja. El pensamiento violentándose a sí mismo. Lo de siempre: el infierno de lo que no tenés.
He visto a muchas nobles y buenas personas arruinar su existencia y la de su familia, con triste seguridad, atildado aplomo, sutil certeza, vital insistencia e implacable belleza. Pocos logran hacerlo con elegancia; muy pocos. Hombres consumidos por sus angustias vulgares que se largan a vomitar su dolor en mesas mugrientas frente a desconocidos silenciosos. Así es la vida. No hay mucho más para decir. No hay mucho para esperar.
Un mínimo desliz puede arruinar el resto de tus días. Sólo un mínimo desliz. Una cuerda floja por la que se transita y al costado el vértigo que propone solucinarlo todo con el arrogante vacío. Un límite que no debe ser atravesado y sin embargo… Fuego en el alma y en la vida infierno. Ése es el problema: no hay ninguna novedad. De todas formas, nada que no pueda ser solucionado con un buen Tom Collins. O empeorado.
A veces, a cualquier hora del día y sin un motivo aparente, surge una invencible y violenta necesidad de beber un whisky doble. Aceite en el motor, eso es. La realidad vuelve a partirse en dos, pero no importa. El mundo es una trampa y está lleno de tentaciones. Y en algunos aspectos, soy siempre un hombre débil. Sensible, diría yo.
Siempre me pasa lo mismo. Al tercer o cuarto vaso de vino tinto me siento “hermanado” con las personas que me encuentro compartiendo una reunión, comida o fiesta. Me siento distendido y seguro, me dan ganas de reír y de confiar en sus miradas tiernas. El abrazo de un amigo hermanado se puede sentir como el mejor refugio y consuelo de la vida brutal de todos los días. Siempre me pasa lo mismo. Siento a todos mucho más cerca de mi avinagrado corazón. Pero es ahí, cuando pienso, que si yo y la humanidad somos hermanos, es seguro que yo soy Abel y todos ustedes Caín. Voy a intentar no volver a caer en esta revancha de la biblia. Nada bueno se puede esperar de la religión. Ni siquiera el vino.
Intentar bañarse a las seis y media de la mañana con una resaca que todavía se llama borrachera, pensando que en pocas horas volverás a verla sin tocarla; tal vez también la insultes al pasar cerca de ella y oler su perfume. Un destello que te hiere y lastima. Y saber con certeza que ella seguramente se sonríe en este preciso momento en el pecho de otro hombre, mientras vos hacés malabares para no caerte en la bañera y así romperte la cabeza en el mármol blanco y llorar como un estúpido porque sentís que todo se viene abajo abruptamente y nada tiene sentido en este infierno. La situación se vuelve cada vez más tensa. Decidir no ir a trabajar porque en este estado podrías morirte con sólo cruzar la calle. ¿Hasta qué hora estuviste ayer pensando en la muerte? Volver a la cama y percibir que la pesadilla es a toda hora y con los ojos bien abiertos. No hay escapatoria. No hay nadie a quien llamar. Abrir una botella de vodka con rabia y resignación a esa hora, aunque sepas que está muy mal. De hecho, está pésimo. Y que en nada te va a ayudar a mejorar tu estado. Continuar con la rutina morbosa e hija de puta.
El hilo, sentencia mi padre, se corta siempre por lo más delgado. Y yo estoy cada día más delgado.
Miguel Mateos, el líder de una banda de los ochenta llamada Zas, es una verdadera mierda. Una mierda con todas las letras. Detesto su voz, su estética, su concepción de la música, su público, sus canciones trilladas y patéticas, su éxito efímero y los estúpidos versos de una canción muy conocida que se llama “Tirá para arriba”. Es una irreverente canción que intenta dar buen ánimo a cualquier precio; una supuesta bella canción que copula con el más insultante optimismo medio pelo y con lo más siome y pelotudo del sentido común. Tendrían que lincharlo a Miguel Mateos. Y eso sería un acto de justicia dentro de la cultura argentina. Pero lo que más me molesta es un verso que dice: “Tirá, no hay horas perdidas, no aflojes mi amor.” Punto uno: es mentira, Miguel, que no haya horas perdidas. Yo diría que el setenta por ciento de la vida de un ser humano son horas perdidas. Segundo: sería bueno que fueras a un fonoaudiólogo para modular correctamente las palabras en español. Y tercero y último: no todo el mundo tiene un amor para no aflojar. Para no ir tan lejos, diría que cuando escuché tu canción por primera vez, estaba perdiendo el tiempo en la barra de un boliche barato, sin ningún amor a mi lado. Iniciando mis quince años con un whiscola en la mano. Sintiendo lo ridículo y sucio que puede ser todo.
Desayunar por tercera vez en la semana cerveza te conduce, lenta pero seguramente al rencor, la tristeza, la decepción, la mirada pesimista del mundo y el ambicioso deseo de hacer volar en mil pedazos a la realidad. Sin embargo, a veces me pregunto: si siempre desayunara café con leche o té, ¿mi percepción de la vida sería completamente diferente?
”Toda vida es un proceso de demolición” escribió Francis Scott Fitzgerald en un momento de su vida que todavía no era el infierno que luego viviría. Lo leí a los quince años y fue como si me hubieran pegado una trompada contundente para despertarme del letargo en el cual me encontraba. Fue como si me arrancaran el alma de cuajo. Y a continuación, ultrajaran delante de mi vista, todos mi anhelos y sueños. Nunca pasan muchos días sin que esa frase vuelva con recurrencia a mi mente: como un fantasma. Como una deuda impagable con el misterio de la existencia. Es una frase extraordinaria porque lo explica todo y a la vez no dice nada. Es una frase perfecta, bella y terriblemente melancólica: similar a una mujer que te engaña. A un buen vino.
Tal vez no sea necesario aclarar que Francis Scott Fitzgerald es uno de los mejores narradores del siglo XX y una piedra fundamental de la literatura norteamericana. Que conoció el éxito y el fracaso en proporiciones desmedidas. Que entregó su vida a la literatura, a su amada – y esquizofrénica – Zelda y al Gin. Escribió “El Gran Gatsby”, “Suave es la noche” y “A este lado del paraíso”. Todos altamente recomendables. Suele ser citado por el multicitado filósofo francés Gilles Deleuze. “Muéstrame un héroe, dijo Fitzgerald en una ocasión, y te escribiré una tragedia”. Perteneció a la “Lost generation” junto a Hemingway, John Dos Pasos y otros bribones del whisky por la siesta. Tuvo serios problemas con la bebida, como tantos otros escritores, y no hizo nada para solucionarlo. Quien escribe estas pobres líneas no cree que los escritores sean mejores o más interesantes por beber a destajo. Pero sí sospecha que el alcohol ayuda a que la vida no sea siempre un proceso de demolición. ¿ O lo acelera ?
Fui al casamiento de un amigo. Asistí a la ceremonia en el registro civil. No tenía ganas de ir. Todos estaban acompañados. O tenían a sus parejas en otro lado. Cuando digo “solo” quiero decir que no tengo donde caerme muerto y nadie que se preocupe por mí. Un plomazo. Me fui antes del trabajo para cambiarme y para no verla más a ella. Es muy linda y me destroza su belleza inaccesible. Todos mis problemas suelen tener su nombre. Lo puedo asegurar. El casamiento era al mediodía. Me vestí rápido y más rápido me tomé tres medidas de whisky. Necesitaba fuerza para soportar la obscena felicidad de los otros mientras mi vida se derrumba a cada instante. En el registro civil no hablé con nadie. Ya casi no tengo amigos. Tiré arroz con furia y dolor. No fui a almorzar con ellos. Volví a mi casa y me bebí lo que quedaba de la botella de whisky. No fue una buena tarde ni una buena noche. Al otro día no fui a trabajar pero sí la pase a buscar a ella. Nos volvimos caminando. Me preguntó cómo había estado el casamiento. “Bien, normal, lindo para ellos, supongo” “Vos lo hubieras disfrutado, seguramente”, le dije. “¿A vos no te gustó, no lo disfrutaste?” “No mucho”, le dije. “Lo hubiera pasado mucho mejor y feliz en el entierro de mis padres”, le contesté. El gesto en su cara fue raro: cambió abruptamente de tema. Algo de lo que dije no le gustó. Tampoco creo que haya entendido el sentido último. Cada cual tiene su manera de decir la palabra amor.
[...] copié: “Cada cual tiene su manera de decir la palabra amor.” Tags: Conclusiones Estúpidas, copiar, maneras de decir amor, plagio Martes 8 de Julio de 2008 [...]
“…Pero es ahí, cuando pienso, que si yo y la humanidad somos hermanos, es seguro que yo soy Abel y todos ustedes Caín. Voy a intentar no volver a caer en esta revancha de la biblia. Nada bueno se puede esperar de la religión. Ni siquiera el vino”.
Todo el parráfo me parece genial!!!!
Es un personaje perfecto esa primera persona. Lo veo.